"Gorda, no dejés que me muera solo, en la terapia intensiva. Quiero morir en mi casa y en mi cama", le dijo Alfredo Oporto a su esposa. Alfredo tenía 55 años. Era mecánico dental. Y hacía poco había enterrado a su hermano, que padecía un cáncer terminal. Sabía del sufrimiento que se le venía, del desgaste inútil que significaba cada internación, del costo emocional que pagaría su familia con cada esfuerzo médico para alargarle la vida. "Yo quiero tener tiempo para despedirme de todos", rogó.

En julio de 2009 el médico lo sentó a él y a su esposa, Javiera Chaya, y les dio el diagnóstico: "era lo que sospechábamos, cáncer mesotelioma de peritoneo (al tejido que reviste el abdomen). Hasta aquí llegué, ahora tenés que buscarte un oncólogo", le dijo el doctor. Alfredo y Javiera se abrazaron y lloraron durante todo lo que quedaba del día. Se les unió su único hijo, Alfredo, que tenía 17 años.

Después de respirar hondo, se limpiaron las lágrimas y se preguntaron "¿por dónde empezamos?". Lo primero que se les ocurrió fue ir al médico que había atendido al hermano de Alfredo antes de morir de cáncer. La secuencia que seguía la conocían de memoria: quimioterapia, dolor, terapia intensiva, espera, impotencia...

La primera sesión de quimioterapia fue espantosa. Durante los tres días que siguieron Alfredo no dejó de vomitar. "Pensé que se moría. No va a soportar otra sesión así", pensó Javiera. Y desesperadamente buscaron otra alternativa, hasta que la encontraron: "cuidados paliativos". "Este nuevo médico, el doctor Felipe Salvador Palazzo, nos atendió a la una de la mañana. Nos aclaró que él no hacía quimio en un solo día sino en cinco, por lo que era más costosa por los materiales descartables. Y que se hacía cada 21 días en el sanatorio. Aceptamos. Todos los meses hacíamos una colecta en la familia para pagar la cama de acompañante que yo ocupaba durante esos cinco días, mientras tanto, sus hermanos y sobrinos se turnaban para acompañarlo, buscar medicamentos y hacer gestiones en el Subsidio de Salud", recuerda Javiera. "En la habitación veíamos los partidos de fútbol y recibíamos a todos los amigos. Confieso que lo veía tan bien a mi marido que hasta creí que le estábamos ganando al cáncer", admite Javiera, que se sacude con un poco de bronca la lágrima que escapa por debajo de sus lentes.

"Gorda, si me muero antes, no dejés de hacerle la fiesta al Negro por los 18 años. Ni tampoco suspendan el viaje de los 15 de la Julieta (su sobrina). Vos dejate crecer las uñas, no te las comás, y no te descuidés con la peluquería, andá que te tiñan ese pelo, y ¡ah! no engordés, por favor ...". Alfredo estaba en todas. El tratamiento contra el dolor le permitía tener lucidez para planificar para cuando él ya no estuviera.

"No te apurés"

No dejó ningún detalle al azar, ni aún el de su propio velorio. "Quiero que me vistan de blanco, con el mismo traje con que me casé. No te apurés en llevarme al cementerio, Gorda, dales tiempo a mis amigos a que puedan ir a despedirme. Y después, en la iglesia (pertenecen a la religión mormona) quiero que canten el himno ese que a mí tanto me gusta y que vos digás unas palabras ...".

"Mi marido era de los que amaban la vida, vivía haciendo chistes y se hacía querer por todos. Decidimos pasar las últimas vacaciones toda la familia unida. Alquilamos una casa en San Javier, donde nos visitaban los sobrinos y vecinos. Pasábamos horas charlando y tomando mate. A él le gustaba descalzarse y pisar la tierra fresca. No faltaba el que le advertía que se iba a resfriar. Pero él respondía: ?dejame que la pise, antes de que esta me tape a mí?", recuerda su esposa.

Javiera recibe a LA GACETA en su casa. Camisa con flores rosas, el pelo teñido y recogido prolijamente con una hebilla; las uñas pulcras que ya casi llegan a la punta de los dedos. La acompañan su hijo, su hermana y David, que más que un sobrino fue su primer hijo porque Javiera tardó mucho en quedar embarazada.

Una complicación

El 8 de marzo tuvo una complicación con la perforación que le habían hecho para recibir la quimio. Mandaron a la tintorería el traje de casamiento que le serviría de mortaja y lo internaron por última vez en la terapia intensiva.

"Le había prometido que no iba a morir en el sanatorio así que curada la infección regresamos aún sabiendo que volvíamos a morir en casa. Aquí comenzamos con los cuidados paliativos. Contratamos psicólogo, fisioterapeuta, nutricionista, enfermero y el médico oncólogo que venían a verlo en la casa. Cada semana lo punzaban para sacarle líquido del estómago. Los amigos hicieron una colecta para pagar todo eso porque cuando estás en la casa la obra social no te cubre nada. Por consejo de una abogada hicimos una presentación judicial para que la obra social se hiciera cargo. Al final nos cubrió sólo un mes, apenas el 20% y nos reintegraron el dinero ocho días después de su fallecimiento", recuerda con dolor.

La despedida

Esos 35 días finales con la casa convertida en sanatorio fueron inolvidables. Juntos, en la cama, leían "La vida después de la vida". El la interrumpía: - "¿Gorda, quién creés que me va a venir a buscar cuando llegue el momento?" - "Quizás tu mamá ? o tu abuela ? o tu hermano ...", le contestaba su mujer sin dejar de abrazarlo.

El no quería que el enfermero lo maneje, prefería que su esposa lo haga. Había pedido que vengan a visitarlo todos sus amigos, así que siempre estaba bien afeitado y perfumado.

Alfredo no dejaba de hablar: "No lo dejés al Negro que vaya a la cancha, quiero que estudie y se reciba rápido", recomendaba.

En la víspera del último día, el médico había alertado a Javiera: "no te quedés sola esta noche". Ella llamó a la familia de él para avisarle que se acercaba el final. Alrededor de su lecho, quedaban los papeles afiches de colores, con fotos pegadas de los momentos más felices que le regalaron sus sobrinos y vecinos. Uno de ellos le hizo una poesía.

Alfredo leía todo desde la cama, en los momentos en que la morfina hacía más efecto.

Esa noche, la última, llegaron dos sobrinos y se quedaron con él hasta la una de la mañana. David le dijo a su tía: "andá a descansar vos a la otra pieza, que yo me quedo con el tío". Al lado del lecho había un afiche que rescataba una foto vieja en la que tío y sobrino dormían abrazados en la misma cama donde estaban ahora, con la diferencia de que aquella vez era Alfredo quien velaba el sueño de su sobrino, y no al revés, como sucedía ahora.

En ese abrazo infinito, Alfredo dejó escapar su último aliento.

Eran las tres de la mañana.

Alfredo estaba en su casa y en su cama. Lo vistieron con el traje blanco de su casamiento. Lo llevaron a la sala velatoria, donde estaban todos sus amigos esperándolo. No hubo llantos. Sólo recuerdos y anécdotas que cada uno tenía para contar. En el entusiasmo del relato no faltaba la carcajada que se escapaba.

-¡Chicos, por favor, estamos en el velorio!

- No te hagás problema, Alfredo seguro que también está con nosotros y se debe estar riendo a lo loco...".